Comúnmente pensamos que las emociones son malas y que no dejan nada bueno. Quizás pensamos esto, porque, en más de alguna ocasión nos han programado con frases como: “los niños no lloran”,  “¡cállate! O te doy una pela”, “pareces niña”, ” ¡aguántate!”, y otras tantas expresiones que han ayudado a pensar que guardar lo que sentimos es mejor a decirlo. Estas ideas que nos hemos ido grabando, son la base de nuestra enfermedad. El callar y reprimir nuestras emociones equivale a morir lentamente, donde el sufrimiento, el dolor y la enfermedad aparecerán en nuestras vidas por no saber cómo manejarlas.

Una emoción es una energía, la sientes, puedes medirla por el grado de movimiento que genera en ti. Las emociones son la gasolina que mueve nuestros pensamientos. Cuando los pensamientos se cargan de emociones estos nos llevan a acciones conscientes o inconscientes. Si alguien te hacer enojar, o te traiciona, sientes automáticamente en el cuerpo su movimientos. Gritas, lloras, tiras las cosas, tensas el cuerpo, y comienzas a tener una serie de pensamientos negativos. Si fuimos programados con pensamientos que bajaron nuestra autoestima, automáticamente, sentiremos que es nuestra culpa. Después de ello, viene la soledad, la depresión, los comportamientos compulsivos (comer, fumar, beber…).  De tal manera, que podemos sentir amor, alegría, felicidad, tristeza, dolor, angustia, disgusto, desagrado, enojo, furia, miedo o temor. Todas ellas son el resultado de lo que pensamos.

Por el contrario, si fuimos programados con frases como: “tú puedes lograr lo que te propongas”, “Ten fe y lo lograrás” “La vida tiene problemas pero eres fuerte para encontrar una solución”, “te amamos”. Entonces, pensaremos que la vida es hermosa, nos acercamos a la naturaleza y la comprendemos, valoramos la familia como única y mayor fuente de energía positiva. Y por ende, valoramos los amigos, los compañeros de trabajo y todas las personas que se cruzan en nuestra vida.

Debemos, por ello, cuidar de nuestros pensamientos y canalizar nuestras emociones. Aprender a ser buenos gestores emocionales y transformar las situaciones negativas en oportunidades de crecimiento. Las emociones están para ayudarnos, no podemos desecharlas. La emoción no se destruye, se canaliza. Si no la canalizas, se desborda y nos aleja del estado de armonía.  Cuando las sientas, reconócelas y dales su tiempo. No las reprimas, no las contengas, porque te vas a enfermar. Entiende su mensaje en ti y agradece de su presencia, son ellas las creadoras de nuestra inteligencia emocional.

Por ejemplo, el temor bien canalizado, nos puede ayudar a estar alerta ante un peligro y llevarnos  a prever un comportamiento de nuestra parte que nos ponga a salvo. La confianza, nos ayuda a accionar hacia algo que se necesita lograr. La felicidad nos pone en armonía con nuestro contexto. La ira nos permite liberar de energía acumulada y nos vigoriza en cierta forma. Y así, sucesivamente, cada emoción cumple con su función en nuestra vida. En consecuencia, aprende a canalizarlas.

Haz un pacto contigo, déjalas salir cuando se presenten, ubica el lugar para trabajarlas, ubícalas en tu vida; hazte uno con ellas, que tú eres su vehículo y por ti existen. Pero que no pretendan ni tomar el control del volante para hacer lo que quieran. Tú eres quien conduce y sabes el camino. De vez en cuando desayunarán y comerán juntos, saldrán a tomar un café para charlar y ponerse al día de los últimos acontecimientos, pero tú y sólo tú estás a cargo. Así que, cuando veas que se asoma una emoción, recíbela, abrázala, dale su tiempo y déjala partir. Toma el aprendizaje que te deja y sigue viviendo con la claridad en la mente y con el corazón en la mano.

Quien te quiere, tu amiga Mary Millán.